Mujeres que cambiaron la historia

Rosalind Franklin ayudó a descubrir el ADN. Que no conozcas su nombre no es casualidad.

En 1962, tres hombres recibieron el Nobel por descubrir la estructura del ADN. Sus nombres pasaron a la historia. Pero una científica había obtenido e interpretado pruebas decisivas para ese descubrimiento. ¿Por qué casi nadie recuerda el suyo?

Rosalind Franklin, científica que contribuyó al descubrimiento de la estructura del ADN
Rosalind Franklin, 1955. MRC Laboratory of Molecular Biology / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Se llamaba Rosalind Franklin. Era una científica británica que quería resolver una pregunta que llevaba años intrigando a los investigadores: ¿qué forma tenía el ADN?

El ADN está presente en nuestras células y contiene la información que heredamos de nuestros padres. Conocer su forma ayudaría a entender cómo se transmite esa información y cómo funciona la vida.

Franklin tenía una habilidad excepcional para estudiar aquello que no se podía ver a simple vista. Trabajaba con rayos X y obtenía imágenes que revelaban pistas sobre la forma de las moléculas. No era un trabajo sencillo: exigía preparar las muestras con mucho cuidado, repetir pruebas y analizar cada resultado.

Su precisión la llevó a conseguir una de las imágenes más importantes de la ciencia del siglo XX.

Una imagen que cambió nuestra manera de entender la vida

En 1952, junto con Raymond Gosling, Franklin obtuvo la Fotografía 51. En ella aparecía una marca en forma de X que ayudaba a demostrar que el ADN tenía una estructura en espiral, parecida a una escalera de caracol.

Franklin no se limitó a conseguir la imagen: estudió sus resultados y obtuvo datos esenciales sobre cómo estaba organizada la molécula. Aquellas pruebas serían decisivas para construir el modelo del ADN que conocemos hoy.

Fotografía 51 de Rosalind Franklin y Raymond Gosling: patrón de rayos X del ADN con forma de X
Fotografía 51 (1952). El patrón en forma de X fue una pista esencial para comprender la doble hélice del ADN.

Pero aquella imagen llegó a manos de James Watson sin que Franklin lo supiera. Su compañero Maurice Wilkins se la mostró. Watson y Francis Crick utilizaron información de sus investigaciones, junto con otros datos científicos, para proponer en 1953 el modelo de la doble hélice. Franklin y Gosling publicaron también sus resultados ese mismo año.

Ella aportó pruebas fundamentales. Otros se convirtieron en los rostros del descubrimiento.

En el King’s College de Londres, donde trabajaba Franklin, las mujeres ni siquiera podían acceder a determinados espacios reservados a los profesores varones. Aquella desigualdad no era un detalle menor: reflejaba quién tenía autoridad, quién podía tomar decisiones y a quién se escuchaba en la ciencia.

1958 — 1962

Franklin siguió investigando y realizó importantes avances en el estudio de los virus. Pero murió en 1958, con solo 37 años. Cuatro años después, Watson, Crick y Wilkins recibieron el Premio Nobel de Medicina por el descubrimiento de la estructura del ADN. Ella ya había fallecido y no podía recibirlo.

El problema no era solo el premio. Durante décadas, millones de personas aprendieron los nombres de aquellos tres hombres sin conocer el papel decisivo que había desempeñado Rosalind Franklin.

Su historia muestra cómo una científica puede participar en un descubrimiento extraordinario y, aun así, quedar desplazada del recuerdo colectivo. No porque le faltaran conocimientos o méritos, sino porque el reconocimiento también depende de quién controla los laboratorios, las publicaciones y la forma de contar la historia.

Rosalind Franklin ayudó a revelar la estructura del ADN. Su nombre no debería ser una nota al pie de la historia de otros. Debería formar parte de la historia que aprendemos todos.